jueves, 27 de septiembre de 2012

La moda hecha cuento


La última idea de la revista de moda de El País ha sido establecer un lazo de unión entre los cuentos y la moda que presentan en el semanal. Cuatro directores españoles imaginan un cuento y el grupo de actores y actrices con los que ha trabajado lo interpretan para la revista.
Esta es una forma perfecta de anunciar marcas de moda o de mobiliario de una manera encubierta, porque después del nombre de cada actor se nos indica minuciosamente de qué marca es la ropa que lleva. También es una gran forma de dar prestigio a la moda y sobre todo a estas marcas, vinculandolas, no solo con la literatura, sino también con el cine.








CINE  CLUB, POR PABLO BERGER

SINOPSIS. Una niña cinéfila quiere ver a toda costa una película de dos rombos, pero no la dejan porque siempre acaba teniendo pesadillas. Esta vez va a confundir sueño y realidad. ¿O no?

REPARTO: Son los actores del segundo largometraje de Pablo Berger, Blancanieves. De izda. a dcha., Emilio Gavira lleva pantalones y chaqueta de Cortefiel, camisa de Pepita is dead, bombín y pajarita, ambos de Maty. Inma Cuesta y Macarena García lucen vestido y botines, todo de Dolce & Gabbana. Sofía Oria lleva pijama de Pepita is dead. La pared se ha revestido con paneles de Fastbo, barra y cortinas de Ikea, molduras de pared de Leroy Merlin y espejos de Youtopia.

Todas las noches de los domingos ocurre lo mismo. Primero, suena su animada sintonía, luego, yo me pongo delante del televisor y coloco bien el tapete debajo del Payaso de Lladró que descansa sobre la Telefunken. Mi objetivo: tapar con mi cuerpo los dichosos rombos que, como las caras de Bélmez, salen o no en la esquina derecha de la pantalla. A veces, las menos, hay suerte y no aparecen. Y solo entonces me dejan ver mi programa favorito: Cine Club. Pero cuando salen, dos en esta ocasión, mi madre siempre me grita: “¡A la cama, Carmen!”, y entonces no hay tutía. Pero, entre que remoloneo un poco y doy besos a todo perro pichichi, siempre veo por lo menos el comienzo de la película que dan. Algo es algo. Esta vez, un montón de nombres raros aparecen sobre imágenes de chicas en minifalda, hombres con bombín y autobuses rojos de dos pisos… España no es, seguro. La música que acompaña a las estampas es lo que mi padre llama ruido. A mí me encanta. De repente, como un disparo, del fondo, unas grandes letras aparecen llenando la pantalla: DRÁCULA 73. Tras ellas, un hombre con los ojos rojos brillantes y enormes colmillos me mira directamente a los ojos. Presiento que esta noche, otra vez, voy a tener pesadillas.

Ya metida en mi cama y embutida en mi pijama de la familia Telerín, pego la oreja a la pared e intento seguir como puedo la película. No es fácil, los diálogos, muchas veces, son incomprensibles a través del tabique que separa mi habitación del cuarto de estar. Aunque esta vez, poco a poco, estoy atando cabos y haciendo mi propia película de vampiros en mi cabeza. Los ojos se me cierran…

Me despierto sobresaltada por unos retorcijones de tripa. Tengo que ir al cuarto de baño a todo correr si no quiero mojar el colchón. No soy miedosa, pero no me gusta nada de nada ir al baño sola en mitad de la noche. No me queda otra, así que me levanto despacio, me pongo mis zapatillas de peluche, y, a oscuras, palpo el camino de gotelé hasta llegar a mi destino. Llevo conmigo a mi muñeca Nancy.
Entro, enciendo la luz.

Las luces fluorescentes chisporrotean. Al girarme no doy crédito a mis ojos, en lugar de estar en nuestro diminuto baño del tamaño de una cabina de teléfono, me encuentro en una inmensa sala forrada de baldosas blancas. Si no fuese porque ya tengo diez años, diría que en estos momentos estoy soñando. Pero esto es real, me estoy meando. Observo cómo del techo suspenden docenas de enormes ganchos de los que cuelgan grandes y abultados sacos blancos. Tengo la sensación de que, en varios de ellos, algo se mueve dentro. Me parece estar viviendo una película que vi en Cine Club en casa de mis primos. Se llamaba La invasión de los ultracuerpos. ¡Qué miedo pasamos!

Sin avisar, una alargada sombra, lentamente, comienza a avanzar hasta cubrirme por completo. Asustada busco su origen. De detrás de uno de los fardos colgantes frente a mí, aparece un diminuto hombre, todavía más bajo que yo. Lleva un traje rojo brillante y tiene un fino bigote. Mientras me sonríe, se levanta ligeramente el bombín, también rojo, que cubre su cabeza. Sus ojos negros son grandes e intensos.
Como he leído muchos cuentos y he visto muchas películas, desconfío, pero le devuelvo la sonrisa. Comienzo a andar para atrás sin quitarle la mirada, por si las moscas. Tras el enano, aparecen dos mujeres. Me recuerdan a Las Grecas. También sonríen. Tras el susto inicial, me fijo en lo guapas que son y en la ropa tan preciosa que llevan. Mi Nancy estaría modernísima con ambos conjuntos.
Mi sexto sentido me dice que me deje de tonterías porque estoy en peligro. Tengo que volver. Corro hacia la puerta de metal por donde he entrado. Veo sobre ella el reflejo de mis nuevos amigos en el aire volando hacia a mí. Sus ojos rojos y sus colmillos brillan en todas las direcciones. Cierro los ojos, fuertemente, esperando que todo sea una pesadilla, mientras grito: “¡¡¡MAMÁÁÁÁÁÁÁÁÁ!!!”.


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